¡Ponte a prueba! 12/2018 (Solución) Oposiciones de Lengua y literatura

Hoy publicamos la solución de nuestro acertijo de fin de semana. Y han sido cinco acertantes en esta ocasión. Eso supondría que contarían con un cierto plus en el ejercicio al haber identificado obra y autor. Todavía mejor si además fueran capaces de relacionar el fragmento con el contenido de la obra.

Así que hay que darle la enhorabuena a cinco personas: Susana Rivas, Mercedes Mateos, Carmen Gálvez, Rocío AC, Cristina Suárez Rodríguez y Lozano Rfl. De entre ellas, sobresalen Susana Rivas, que situó el fragmento funcionalmente y a Lozano Rfl que incluso citó acertadamente el capítulo en que se situaba el mismo.

Efectivamente se trataba de un fragmento de La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela, novela publicada en 1942 que supone en la práctica una cruda reflexión sobre la violencia lanzando de forma subliminal una cierta interpretación de los hechos ocurridos en España durante los años treinta, época en la que está ambientada esta terrible novela. A destacar también el hecho de que el “regimentó de fuerza, que no fuerte” como calificaba el autor al franquismo consintió una escena tan erótica en una novela en plena dictadura, algo que el autor achacaba a que detrás del franquismo “no había una ideología fuerte como el fascismo”. Sea como fuere, lo cierto es que esta novela se publicó en 1942, causando, lógicamente, una profunda conmoción literaria.

No vi marcharse ni a don Manuel ni a las mujeres. Estaba como atontado, cuando empecé a volver a percatarme de la vida, sentado en la tierra recién removida sobre el cadáver de Mario; por qué me quedé allí y el tiempo que pasó, son dos cosas que no averigüé jamás. Me acuerdo que la sangre seguía golpeándome las sienes, que el corazón seguía queriéndose echar a volar. El sol estaba cayendo; sus últimos rayos se iban a clavar sobre el triste ciprés, mi única compañía. Hacia calor; unos tiemblos me recorrieron todo el cuerpo; no podía moverme, estaba clavado como por el mirar del lobo.

De pie, a mi lado, estaba Lola, sus pechos subían y bajaban al respirar… -¿Y tú?
-¡Ya ves!
-¿Qué haces aquí?

-¡Pues…, nada! Por aquí…

Me levanté y la sujeté por un brazo.

-¿Qué haces aquí?

-¡Pues nada! ¿No lo ves? ¡Nada!

Lola me miraba con un mirar que espantaba. Su voz era como, una voz del más allá, grave y subterránea como la de un aparecido.

-¡Eres como tu hermano! -¿Yo?
-¡Tú! ¡Sí!

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Fue una lucha feroz. Derribada en tierra, sujeta, estaba más hermosa que nunca… Sus pechos subían y bajaban al respirar cada vez más de prisa. Yo la agarré del pelo y la tenía bien sujeta a la tierra. Ella forcejeaba, se escurría…

La mordí hasta la sangre, hasta que estuvo rendida y dócil como una yegua joven.

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-¿Es eso lo que quieres?
-¡Sí!
Lola me sonreía con su dentadura toda igual… Después me alisaba el cabello. -¡No eres como tu hermano… ! ¡Eres un hombre…!
En sus labios quedaban las palabras un poco retumbantes.

-¡Eres un hombre…! ¡Eres un hombre…!

La tierra estaba blanda, bien me acuerdo. Y en la tierra, media docena de amapolas para mi hermano muerto: seis gotas de sangre…

-¡No eres como tu hermano…! ¡Eres un hombre…! -¿Me quieres?
-¡Sí!

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