Levantarse y volver a empezar

Las oposiciones de Lengua castellana y literatura son como un viaje oceánico en un velero, una expedición larga y dura, pero ilusionante y enriquecedora en la que, al final, nos espera el puerto del triunfo. Antes de partir, nos pertrechamos con todo lo necesario (temario, libros, apoyos y guías para el comentario y la programación) y sobre todo, nos cargamos de ilusión y entusiasmo.

Al poco de salir del puerto base, nuestra atención se concentra en elegir un rumbo o plan de estudio y luego, tensamos las velas y nos disponemos a estudiar, imaginando que nuestra travesía será una línea recta en la que el viento nos conducirá poco a poco, día a día, hasta la tierra de promisión de la plaza. Y llega un momento en que el puerto base con nuestros amigos, nuestras familias y todas nuestras rutinas previas se dejan atrás. La costa de la que partimos desaparece y no vemos, en nuestra soledad de estudiantes, otra cosa que mar y mar y mar y más mar. Estudio, estudio, estudio y más estudio. Y recordamos con nostalgia nuestra vida anterior, pero no dejaríamos por nada del mundo nuestro barco, porque estamos seguros de que ahí está nuestro destino. Es entonces cuando ya somos opositores.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria la mar.

Y entonces, más tarde o más temprano, llega la primera tormenta. A veces es un problema familiar que se interpone en nuestro camino, otras puede ser un ataque de ansiedad ante la inmensidad de trabajo que nos rodea y del que ya somos conscientes. ¿Seré capaz de sacar adelante esto?, pensamos con sobrecogimiento y desconfianza.

Y ese pensamiento negativo empeora la situación: el viento arrecia, el temporal nos rodea y al final crea un círculo negativo como el de un tornado que amenaza destruir todo. ¿Voy a dejar de estudiar? ¿Y si después de tanto esfuerzo lo abandono todo? Cuando pensamos esto es que la tormenta está en su punto más álgido. Todo está negro y no vemos luz por ningún sitio.

Y en ese momento, lo dejamos todo (o un apartado como el comentario o el repaso) parado durante unos días, que a veces se convierten en semanas. Y llega un momento en que nos damos cuenta de que hemos perdido el rumbo y de que estamos en mitad del océano sin saber hacia dónde dirigirnos, a la deriva. Somos náufragos de las oposiciones, a los que les queda su barco y su corazón. Es entonces, comprendemos nuestra fragilidad y lo solo que estamos en el océano. Porque al final, a la hora de estudiar las oposiciones, todos estamos solos.

La soledad del opositor es muy dañina

Y esa soledad puede ser muy contraproducente. Cuando la catarata de pensamientos negativos ya se ha desatado con su maléfica rueda, hay que pararla cuanto antes. Cuanto antes hay que alimentar nuestro cerebro de pensamientos positivos buscándolos en quienes sabemos de seguro que van a comprendernos y estar a nuestro lado. Pareja, amigos, familia, preparadores… Todos deben ser nuestros aliados en este delicado trance. Y es ahí cuando todo el sistema de apoyo con el que partimos del puerto base se pone a prueba. Y es ahí cuando nosotros también nos ponemos a prueba.

Capear el temporal

Lo primero que hay que hacer cuando esto nos ocurre es asumir las circunstancias sin doblegarse y manteniendo la calma. ¡Va a haber bajones (tormentas) siempre! No nos debemos abandonar simplemente porque lo estemos pasando mal. Aunque se vea todo negro, recordemos una y otra vez que estos procesos, sobre todo si son internos, no son duraderos. ¡Calma! ¡El sol volverá! Mi experiencia de casi veinte años me dice que las tormentas habituales duran una o dos semanas. Así que se tarta de caper el temporal hasta que amaine reduciendo nuestra actividad, si es preciso, a los repasos.

Pronto, la tensión interior o exterior (aunque sea por mero cansancio) decaerá. Si no es un problema interno sino externo, debido a terceras personas, debemos intentar solventarlo. Conversar con los amigos, la pareja o la familia es un deber si queremos mejorar nuestras condiciones de estudio. ¿Por qué no hacerles bien conscientes de lo que nos jugamos y del esfuerzo que hacemos a diario por ellos? Podemos decirles simplemente cuál es nuestro reto y cuáles son nuestros horarios diarios para que calibren la magnitud de nuestro sacrificio. ¡Seguro que nos ayudarán porque nos quieren! Y si es un problema interno, (la desconfianza, la inseguridad, la angustia) el propio cansancio hará que su intensidad se reduzca y nos permita incorporarnos al estudio. Sé que es difícil razonar cuando el temporal está en su fase más dura, pero en esta situación no podemos hacer otra cosa que alimentar de esperanzas fundadas a nuestro corazón. ¡Resistiremos!

Una vez hecho esto, pasamos a la siguiente fase: ¿cómo reincorporarse a las oposiciones?

Lo primero es evaluar los daños.

¿Hemos perdido temas que ya dominábamos? Comenzaremos por retomar los repasos y ponernos al día, reafirmando en nuestro cerebro los temas que ya sabíamos. Es en este sentido tener un método de repasos eficaz y rápido, como el Método Opohispania, porque nos va a permitir evaluar con rapidez y seguridad cómo llevamos cada tema y además nos va a permitir recobrar la dirección y el rumbo en poco tiempo. Y ponerse proa al rumbo lo más rápidamente posible y sentir otra vez el viento en la cara es fundamental.

Lo segundo es incorporar a esa dinámica los comentarios. Hay en este sentido que plantearse una estrategia. En mi opinión convendrá (según vamos repasando los temas que ya teníamos estudiados) refrescar los modelos de comentario que ya hemos trabajado y que tienen relación con los temas estudiados.

Finalmente, una vez asegurados los temas y comentarios que ya llevábamos antes de la tormenta, pasaremos a releer todo lo escrito en la programación incluidos los borradores de elementos que teníamos previsto realizar al producirse el parón.

Lo segundo: hacer un nuevo plan de estudio

Es el momento ahora de rehacer el plan de estudio. Probablemente hayamos perdido una o dos semanas. ¡No desesperar! Las oposiciones son una pelea de años y eso quiere decir de trescientas o cuatrocientas semanas. Hemos perdido dos, tres o cuatro. Muy bien. No pasa nada. Es muy difícil que no haya nadie que pase un bajón. No somos máquinas. Y habrá personas que se relajarán durante los meses de verano. Y la mayoría dejará de estudiar un año entero en los años en que no hay oposición. Un año son cincuenta semanas.

Además, en esta travesía, cada uno hace su propia singladura. Unos se echan al mar antes y otros después. Y unos llegan a América antes y otros después. Cada uno tiene reservada para sí su propia aventura. Vivamos este tiempo como la aventura de crecer como personas y todos los vientos nos resultarán más dulces.

Así pues, hagamos un nuevo plan de estudio y rectifiquemos nuestros objetivos. Quedan equis semanas para el día D. Suprimamos algunos temas y algunos comentarios si es preciso. Asumamos que llevaremos con alfileres otros. Tensemos otra vez nuestras fuerzas. ¡Y proa al viento!

Lo tercero y final: madurar y preparar el siguiente temporal

Y cuando las velas estén llenas de viento y sintamos ya su caricia en el rostro, reflexionemos serenamente. Quien sea creyente, puede y debe dar gracias a Dios. Y quien no, cómo decía Schindler en la película de Spielberg, “agradézcanselo a ustedes mismos”. Porque lo cierto es que hay que alegrarse enormemente: hemos pasado una prueba durísima que nos ha llevado al límite. Hemos estado al borde del naufragio y hemos salido adelante. Por nuestro valor, por nuestra fe, por nuestra constancia y por nuestro coraje. Y eso quiere decir que somos más fuertes que antes y que nada nos detendrá.

Recordemos lo pasado, lo sufrido, lo llorado, lo no dormido y escribamos un texto. Puede parecer una tontería, pero no lo es. Escribamos un texto en el que recordemos que, al final, siempre sale el sol. Recordemos que, al final, como en el mito de Noé, siempre, siempre, siempre, sale el arco iris. Y en esa fe, hagámonos más humanos y seamos más dulces con el prójimo sabiendo que somos mucho más fuertes por dentro.

Todos podemos crecer y las oposiciones son, en ese sentido, una bendición del cielo.

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