Oposiciones en Asturias 2018. El éxito de Patricia Martínez Cueto.

Durante la primera conversación telefónica que tuve con Eduardo López Prieto, mi preparador, respiré profundo antes de responder cuál era mi situación personal. Licenciada en Periodismo, quería aprovechar una primera baja por embarazo de riesgo y la posterior baja maternal para probar en las oposiciones. Además de la niña que iba a nacer tenía otro hijo de cuatro años. “Complicada”, le dije, a lo que me respondió que muy a menudo quienes tenemos el pan en juego somos los que de verdad alcanzamos la plaza, no por ser más listos, sino porque la disposición es mucho mayor. Tengo que confesar que la palabra “plaza” me intimidaba y aspiraba, en primer lugar, a ver cómo era. Y si había suerte, aprobaba, y podía dar clase en algún momento, mejor que mejor. Tras bucear un par de días en la red, enseguida conecté con el estilo de Opolengua y me lancé a la piscina, que finalmente ha demostrado tener agua…

Recuerdo otra cosa que nos decía a menudo: cómo el proceso de las oposiciones te cambia y, si sabes aprovecharlo, te hace crecer en lo personal. Yo me preguntaba cómo era posible que tratando de memorizar información de un modo más o menos mecánico y de adquirir un método para comentar textos podía suceder esto… y ahora veo que estaba en lo cierto.

El camino del opositor es largo, sinuoso y, sobre todo, incierto. Si a esto le añadimos un embarazo sin complicaciones mayores, pero con muchas incomodidades, un niño pequeño con necesidad permanente de que su madre le preste atención y que tu formación no es la de una Filología, la empresa puede parecer una locura. Y lo es, pero cuando llegas al tema 50 empiezas a pensar que si Alonso Quijano se proclamó a sí mismo Don Quijote de la Mancha, sin importarle si era o no caballero en realidad, ¿por qué no iba a poder yo conseguirlo?. Manos a la obra. Un buen temario, una buena planificación y, sobre todo, toneladas de motivación son los ingredientes que a mí me han funcionado.

Las primeras semanas fueron de toma de contacto, siendo muy constante, pero también muy consciente de que el ritmo era muy lento. Estudiar después de diez años sin tocar un libro más que por placer cuesta y con tantos focos de distracción como había en mi caso, más. Decidí entonces que los temas, unidos por un clip y en una funda de plástico, me acompañarían adonde quiera que fuera. A las revisiones obstétricas iba cantándoselos a mi pareja y conductor y me dormía con los apuntes sobre las narices. Cuando nació mi hija y después de tomarme un lógico mes de respiro, volví a la carga recitando literatura mientras la dormía, le cambiaba los pañales o le daba un baño. Salía a cantarle (literalmente) el tema al balcón y cada vez que lo repasaba bien me sentía con unas fuerzas crecientes y capaces de hacer un agujero en la pared.

A menudo, al final del día, necesitaba escapar, fundamentalmente de tres formas: si tenía la cabeza para ello elegía alguna lectura agradable y relacionada con lo que estudiaba (no, nunca leí el Poema de Mio Cid completo, pero sí interesantes artículos en internet sobre esta y otras obras) y, si no, leía simplemente el periódico o me divertía buscando los nombres de los personajes de novelas, por si caían en el comentario y podía reconocerlos. La tercera opción era ver los diez primeros minutos de una película, porque siempre me quedaba dormida.

El comentario. ¡Ay!, el comentario. Mi gran temor durante todos estos meses. Me costó semanas entender qué era lo que se esperaba de mí, por dónde tenía que empezar, cómo podía hacerme un esquema definitivo. La respuesta seguía estando ahí, para cogerla: lee, practica, detecta tus errores y afila tus aciertos, como tantas veces nos repitió Eduardo. Hice el curso completo de Opolengua, que por cierto está francamente bien. Obtuve correcciones que me desanimaron y me hicieron pensar que jamás aprendería al nivel exigido en la oposición y cuando me faltaba mes y medio para el día D empecé a coger carrerilla y a perder el miedo al texto que pudiera caer… ¡eso es! Perder el miedo es, a mi juicio, fundamental en este proceso. También lo es aprovechar tus circunstancias, sean las que sean. El periodismo, que al principio concebía como una dificultad (me veía una intrusa), ha sido una de mis grandes bazas, sobre todo en el temido comentario y también en la “encerrona”, la defensa de la programación y la exposición de la unidad didáctica.

Sin ni un sólo día de experiencia docente, con un baremo de cuatro puntos y con dos niños pequeños y preciosos, el proceso se ha desarrollado a pedir de boca y, como también nos comentó Eduardo en su momento, he sido de las que ha alcanzado la plaza en la “encerrona”, a base de una programación propia y el despliegue de las enormes ganas que tengo de ejercer la docencia.

He tenido días de llorar mucho, días de no avanzar apenas, otros de no avanzar nada por tener a los niños enfermos, días de inseguridad y desánimo y sobre todo días de mucho cansancio. Pero si por algo estoy contenta es que ni un sólo día desde que tomé la decisión hasta que me dieron la gran noticia me di por vencida y me planteé tirar la toalla. Ahora, además de una plaza en un destino que todavía desconozco, tengo mayor seguridad en mí misma y valoro especialmente la maravillosa familia que me ha arropado en todo momento, confiando en mí y haciéndome sentir, pasara lo que pasara, realmente querida. Estoy agradecida a la vida y a la suerte, que pusieron de su parte para que mi esfuerzo pudiera brillar.

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