¡Ponte a prueba! 33/2020 Oposiciones de Lengua castellana y literatura

Un nuevo viernes más volvemos con nuestro acertijo de fin de semana “¡Ponte a prueba!”, que tiene la intención de servir de ayuda y pasatiempo a las personas que preparan la prueba de comentario de las oposiciones de Lengua Castellana y Literatura.

Se trata, como siempre, de reconocer una obra y un autor y, si ello no es posible, de dar con las claves fundamentales del fragmento que nos permitan situarlo dentro de su serie genérica en una época, un movimiento literario, pues con estos datos y una sólida argumentación se puede hacer un buen comentario de texto.

Como siempre, se puede participar dejando un comentario en la página de Facebook de Opolengua hasta el domingo por la tarde y nosotros publicaremos la solución y los acertantes el lunes.

En esta ocasión traemos un texto perteneciente a un libro que ya ha aparecido en alguna ocasión en las oposiciones, con lo que es probable que lo vuelva a hacer. Y nada más por hoy. Feliz fin de semana. Como siempre, nuestro recuerdo a las víctimas de la pandemia y nuestro abrazo a sus allegados.

Finalmente, sacaron a luz la verdad de todas sus sospechas los escalones, que ella había contado cuando la sacaron del aposento tapados los ojos (digo los escalones que había desde allí a la calle, que con advertencia discreta contó). Y, cuando volvió a su casa, dejando a su hijo, los volvió a contar y halló cabal el número. Y, confiriendo unas señales con otras, de todo punto certificó por verdadera su imaginación, de la cual dio por estenso cuenta a su madre, que, como discreta, se informó si el caballero donde su nieto estaba había tenido o tenía algún hijo. Y halló que el que llamamos Rodolfo lo era, y que estaba en Italia; y, tanteando el tiempo que le dijeron que había faltado de España, vio que eran los mismos siete años que el nieto tenía.
Dio aviso de todo esto a su marido, y entre los dos y su hija acordaron de esperar lo que Dios hacía del herido, el cual dentro de quince días estuvo fuera de peligro y a los treinta se levantó; en todo el cual tiempo fue visitado de la madre y de la abuela, y regalado de los dueños de la casa como si fuera su mismo hijo. Y algunas veces, hablando con Leocadia doña Estefanía, que así se llamaba la mujer del caballero, le decía que aquel niño parecía tanto a un hijo suyo que estaba en Italia, que ninguna vez le miraba que no le pareciese ver a su hijo delante.