Nuevamente es lunes y nosotros comenzamos una nueva semana de preparación. Son ahora mismo las diez de la mañana y ya hemos comenzado nuestra rutina, contestando correos, resolviendo dudas y planificando el trabajo semanal. Luego corregiremos, exhaustivamente, unas cuantas tareas de nuestros cursos. Pero ahora es el momento de dar la solución de nuestro ¡Ponte a prueba!, el reto que ofrecemos desde 2015 a las valientes y sacrificadas personas que preparan las oposiciones de Lengua Castellana y Literatura en su prueba más temida, la del comentario de texto.
Ya decíamos el viernes que se trataba de una obra más sencilla y por ello, para destacar debíamos situarla funcionalmente. ¿Qué quiere decir esto? Pues situarla dentro de la propia trama argumental indicando el acto al que pertenece y la función que desempeña la escena en el conjunto de la obra.
Y nuestras seguidoras, como no podía ser menos, han dado con la obra y el autor. Y así, tanto María Pilar Carbonero Muñoz, Eva López Santuy, Sara Lorenzo y Lauri Chp como nuestras seguidoras destacadas San BG, Cris AlRío y Lidia Parra González han hecho pleno. ¡Enhorabuena a todas ellas y ojalá que en la prueba de las oposiciones de Lengua tengan la misma suerte!
Y es que efectivamente se trataba de una escena del acto tercero (y último) de La casa de Bernarda Alba (1936), de Federico García Lorca (1898-1936), que fue su última obra y que tanta relación tuvo con su asesinato en Granada (véase por ejemplo, este interesante documental). En la escena, ya muy cercana al desenlace del conflicto, este se intensifica y podemos apreciar la fuerza irrenunciable que mueve la pasión de Adela y que la acabará llevando al final trágico y el reconocimiento de Martirio de su pena amarga y silenciada (de ahí el simbolismo del nombre), también enamorada del mismo hombre.
Y nada más por hoy.
Saludos y ánimo.
MARTIRIO cierra la puerta por donde ha salido MARÍA JOSEFA y se dirige a la puerta del corral. Allí vacila, pero avanza dos pasos más.)
MARTIRIO.- (En voz baja.) Adela. (Pausa. Avanza hasta la misma puerta. En voz alta.) ¡Adela!
(Aparece ADELA. Viene un poco despeinada.)
ADELA.- ¿Por qué me buscas?
MARTIRIO.- ¡Deja a ese hombre!
ADELA.- ¿Quién eres tú para decírmelo?
MARTIRIO.- No es ése el sitio de una mujer honrada.
ADELA.- ¡Con qué ganas te has quedado de ocuparlo!
MARTIRIO.- (En voz alta.) Ha llegado el momento de que yo hable. Esto no puede seguir así.
ADELA.- Esto no es más que el comienzo. He tenido fuerza para adelantarme. El brío y el mérito que tú no tienes. He visto la muerte debajo de estos techos y he salido a buscar lo que era mío, lo que me pertenecía.
MARTIRIO.- Ese hombre sin alma vino por otra. Tú te has atravesado.
ADELA.- Vino por el dinero, pero sus ojos los puso siempre en mí.
MARTIRIO.- Yo no permitiré que lo arrebates. Él se casará con Angustias.
ADELA.- Sabes mejor que yo que no la quiere.
MARTIRIO.- Lo sé.
ADELA.- Sabes, porque lo has visto, que me quiere a mí.
MARTIRIO.- (Despechada.) Sí.
ADELA.- (Acercándose.) Me quiere a mí. Me quiere a mí.
MARTIRIO.- Clávame un cuchillo si es tu gusto, pero no me lo digas más.
ADELA.- Por eso procuras que no vaya con él. No te importa que abrace a la que no quiere; a mí, tampoco. Ya puede estar cien años con Angustias, pero que me abrace a mí se te hace terrible, porque tú lo quieres también, lo quieres.
MARTIRIO.- (Dramática.) ¡Sí! Déjame decirlo con la cabeza fuera de los embozos. ¡Sí! Déjame que el pecho se me rompa como una granada de amargura. ¡Le quiero!
ADELA.- (En un arranque y abrazándola.) Martirio, Martirio, yo no tengo la culpa.
MARTIRIO.- ¡No me abraces! No quieras ablandar mis ojos. Mi sangre ya no es tuya. Aunque quisiera verte como hermana, no te miro ya más que como mujer. (La rechaza.)
ADELA.- Aquí no hay ningún remedio. La que tenga que ahogarse que se ahogue. Pepe el Romano es mío. Él me lleva a los juncos de la orilla.
MARTIRIO.- ¡No será!
ADELA.- Ya no aguanto el horror de estos techos después de haber probado el sabor de su boca. Seré lo que él quiera que sea. Todo el pueblo contra mí, quemándome con sus dedos de lumbre, perseguida por los que dicen que son decentes, y me pondré la corona de espinas que tienen las que son queridas de algún hombre casado.
MARTIRIO.- ¡Calla!
ADELA.- Sí. Sí. (En voz baja.) Vamos a dormir, vamos a dejar que se case con Angustias, ya no me importa, pero yo me iré a una casita sola donde él me verá cuando quiera, cuando le venga en gana.
MARTIRIO.- Eso no pasará mientras yo tenga una gota de sangre en el cuerpo.
ADELA.- No a ti, que eres débil; a un caballo encabritado soy capaz de poner de rodillas con la fuerza de mi dedo meñique.
MARTIRIO.- No levantes esa voz que me irrita. Tengo el corazón lleno de una fuerza tan mala, que, sin quererlo yo, a mí misma me ahoga.
ADELA.- Nos enseñan a querer a las hermanas. Dios me ha debido dejar sola en medio de la oscuridad, porque te veo como si no te hubiera visto nunca.
(Se oye un silbido y ADELA corre a la puerta, pero MARTIRIO se le pone delante.)
MARTIRIO.- ¿Dónde vas?
ADELA.- ¡Quítate de la puerta!
MARTIRIO.- ¡Pasa si puedes!
ADELA.- ¡Aparta! (Lucha.)
MARTIRIO.- (A voces.) ¡Madre, madre!





