Lunes, 27 de octubre de 2025. Una nueva semana de preparación se abre ante nosotros. Y vamos a aprovecharla siguiendo nuestra rutina: contestar correos, resolver dudas, diseñar las tareas de nuestros tres cursos y corregir, exhaustivamente, unas cuantas tareas de nuestros cursos. Y también, como no, publicar la solución de nuestro ¡Ponte a prueba!, el reto con el que acompañamos a las nobles y abnegadas personas que preparan la siempre temida prueba de comentario de texto de las oposiciones de Lengua Castellana y Literatura.
La obra de esta semana debe ser conocida pues apareció no una, sino dos veces en las convocatorias de este año y esa aparición doble en un mismo año, creo que solo ha ocurrido con dos obras anteriormente: el Quijote y Tiempo de silencio. Esto es una muestra clara del enorme éxito del ensayo al que nos referimos. Por tanto, no es mala idea que nos familiaricemos con él, pues ya dice el refrán “no hay dos sin tres”.
Y nuestros seguidores, han dado con la obra y la autora. Y así, Cristina Olea García, señala acertadamente de forma general su género discursivo y hacen pleno, mostrando su gran competencia literaria, tanto nuestra seguidora destacada Laura Alacid Aranda como Laurid Chp, María Pilar Carbonero Muñoz y nuestro viejo amigo Josega Real, al que le damos de nuevo la bienvenida al reto después de bastante tiempo sin verle por aquí. ¡Enhorabuena a todos ellas y ojalá que en la prueba de las oposiciones de Lengua tengan la misma suerte quienes se vayan a presentar!
Y es que efectivamente se trataba del prólogo de El infinito en un junco (2019), de Irene Vallejo Morau (1979), donde traza la historia del libro.
Y nada más por hoy.
Saludos y ánimo.
No olvidemos que el libro ha sido nuestro aliado, desde hace muchos siglos, en una guerra que no registran los manuales de historia. La lucha por preservar nuestras creaciones valiosas: las palabras, que son apenas un soplo de aire; las ficciones que inventamos para dar sentido al caos y sobrevivir en él; los conocimientos verdaderos, falsos y siempre provisionales que vamos arañando en la roca dura de nuestra ignorancia.
Por eso decidí sumergirme en esta investigación. Al principio de todo, hubo preguntas, enjambres de preguntas: ¿cuándo aparecieron los libros? ¿Cuál es la historia secreta de los esfuerzos por multiplicarlos o aniquilarlos? ¿Qué se perdió por el camino, y qué se ha salvado? ¿Por qué algunos de ellos se han convertido en clásicos? ¿Cuántas bajas han causado los dientes del tiempo, las uñas del fuego, el veneno del agua? ¿Qué libros han sido quemados con ira, y qué libros se han copiado de forma más apasionada? ¿Los mismos?
Este relato es un intento de continuar la aventura de aquellos cazadores de libros. Quisiera ser, de alguna manera, su improbable compañera de viaje, al acecho de manuscritos perdidos, historias desconocidas y voces a punto de enmudecer. Quizá aquellos grupos de exploradores eran solo esbirros al servicio de unos reyes poseídos por una obsesión megalómana. Tal vez no entendían la trascendencia de su tarea, que les parecía absurda, y en las noches al raso, cuando se apagaban los rescoldos de la hoguera, mascullaban entre dientes que estaban hartos de arriesgar la vida por el sueño de un loco. Seguramente hubieran preferido que los enviasen a una misión con más posibilidades de ascenso, como sofocar una revuelta en el desierto de Nubia o inspeccionar el cargamento de las barcazas del Nilo. Pero sospecho que, al buscar el rastro de todos los libros como si fueran piezas de un tesoro disperso, estaban poniendo, sin saberlo, los cimientos de nuestro mundo.





