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La cosmotravesía en las oposiciones de Amaya García Arregui

Amaya García Arregui. Oposiciones de Lengua. Opolengua

Cosmotestimonio

De las similitudes entre las oposiciones de Lengua, la navegación marítima y la espacial

Esto es opositar: navegar (Eduardo hace bien en usar el barco, la travesía, como metáfora) por un espacio inabarcable, sin remos y con oleaje. Tú contra los elementos. O si navegas por el espacio exterior, es decir en medio de la NADA (con lo que ello conlleva), se trata de una lección de humildad y sacrificio, dos virtudes que desarrollan los astronautas cuando practican un paseo espacial para arreglar cualquier chirimbolo de la Estación Espacial Internacional. Continuemos con lo del astronauta, pues aunque (spoiler) nunca he subido «allí arriba», sé algo más del tema.

¿Por qué se hace la gente astronauta?

¿Por qué se hace la gente astronauta? Por idealismo. Quizá, también, por curiosidad, afán científico y de trascendencia. No conozco a ningún astronauta que se apuntara a las pruebas de selección por el sueldo que pagan o por la «comodidad» del oficio; cada hora que están ahí afuera les carcome los huesos. A todos les va un poco el riesgo, pero no son yonquis de la adrenalina sin más (esos hacen balconing). Simplemente, están dispuestos a asumir los peligros que implica la exploración espacial para hacer avanzar nuestro conocimiento del cosmos. Tiene que ver con la evolución de la humanidad (o eso piensa la mayoría), y lo hacen «por la causa».

¿Por qué me lance a preparar las oposiciones de Lengua?

Estas razones, más o menos, son las que me movieron a mí a opositar, y sospecho que son las que incitaron a la mayoría de doctonautas que hoy ejercen en los centros públicos de enseñanza. Ser docente de la pública es un trabajo increíble, en el que puedes marcar la diferencia para una serie de alienígenas pequeños, desorientados y revoltosos, y en el que puedes descubrir e incluso producir tesoros (rescatar a alguien del absentismo, hacer crecer la sensibilidad lectora en los más reacios, mostrarles su potencial) que pueden cambiar –acumulativamente­– el rumbo de nuestra especie. Bueno, a veces los aliens muerden, cierto.

Y es que lo más difícil, pero a su vez lo más bonito, de la pública, es que se trata de una misión abierta. Su nave nos transporta a todos, exploradores y marcianitos, con nuestra singularidad a cuestas. La pilota la Administración, especie claramente exoplanetaria cuyos designios nadie ha logrado descifrar aún, pero… volvamos al tema.

Ser docente de la pública es un privilegio

Así pues, ser docente de la pública es un privilegio, pero para conseguirlo hay que opositar. Y para eso se necesita, como para cualquier tarea muy especializada, un alto grado de preparación.

¡Ojo! Años y años de estudios no bastan. Esto requiere un entrenamiento específico, que solo ciertos maestros están en condiciones de proporcionar. Y ahí es donde entran en juego Eduardo y la preparación que ofrece Opolengua.

Mi contacto con Eduardo y el Curso Opolengua Oro 2025

Yo había estudiado un máster en el extranjero, había hecho un doctorado con mención internacional y había escrito tres libros. Hablo cuatro idiomas, vivo rodeada de académicos y siempre me ha gustado estudiar. Nada de esto me habría dado (aunque sí ha ayudado para los méritos) la plaza. Por suerte, decidí buscar asesoramiento y contacté con Eduardo para hacer el Curso Opolengua Oro 2025. Empecé en septiembre de 2024 y me zambullí a fondo en el trabajo. Tuve la fortuna de poder dedicarme por entero a la oposición a lo largo del curso pasado: si yo fui doctonauta durante diez meses, mi marido fue el malabarista (trabajo, tres niños, recados, etc.). ¡Pobre!

Yo no era filóloga de formación

Al no ser filóloga de formación, tenía muchas lagunas y dudas. Cuanto más avanzaba, más crecían las lagunas, pues iba descubriendo todo lo que aún ignoraba. Muy agobiada, el cénit de dificultad me lo encontré de bruces el 17 de diciembre de 2024. Había salido a correr y, mientras lo hacía, me estaba metiendo mucha presión porque lo había dejado todo para opositar. En concreto, la escritura. También había invertido tiempo y dinero en el máster y en la preparación y me estaba diciendo a mí misma que no podía fallar-no podía fallar-no podía fallar-y-no podía fallar cuando ¡pum!: no vi un coche al cruzar la calle y este me atropelló.

Opositando se viven momentos muy duros porque a nadie le gusta que su destino dependa de tantos factores aleatorios sobre los que no se puede tener ningún control, como las bolas que salen ese día, la gente que compite contigo en tu tribunal o la idiosincrasia de quienes leen tu examen y escuchan tu defensa. En mi caso, esa ansiedad acabó en una fractura múltiple del pómulo y una prótesis de titanio que sujeta el desaguisado. De doctonauta pasé a ciborgprofe.

El accidente me hizo tomar conciencia de mis límites y me ayudó a redefinir mi ritmo de trabajo.

El accidente me hizo tomar conciencia de mis límites y me ayudó a redefinir mi ritmo de trabajo. La ansiedad reapareció a veces (sobre todo al final), no voy a engañar a nadie. Pero durante un tiempo pude distanciarme del estudio y, al volver a él, conseguí ser más pragmática e ir a lo importante.

De cómo acaba mi cosmotravesía opositora-espacial

No obstante, el mayor acierto, sin duda, fue recurrir a Opolengua. No estuve sola en ningún punto del camino, y Eduardo tiene una especial habilidad para «estar ahí» siempre y sin embargo ser discreto y funcional. Siguiendo con la metáfora espacial, él es el ordenador de a bordo, del que el astronauta lleva una interfaz en la muñeca, para no perderse.

Pero no es solo eso: también es el traje con sus muchas capas, que te protege del vacío; es la maqueta de los paneles exteriores de la nave, con la que tú te entrenas antes de salir a repararlos de verdad; es la piscina que simula las condiciones gravitatorias de la prueba y el piloto del vuelo parabólico que te lanza en picado para darte unos segundos de ingravidez; también es la máquina que rueda y te voltea sin parar hasta que tu estómago logra resistir la fuerza del despegue; es el instructor puntilloso que te hace repetir los chequeos de seguridad hasta que los automatizas y los realizas hasta en sueños; es la cuerda que te une a la nave y la mochila propulsora por si la cuerda se rompe; es la humanidad entera, allí abajo, expectante por conocer el resultado de tu hazaña y, sobre todo, es Houston.

Un auténtico Control de Misión permanentemente conectado para ofrecerte, a ti, toda su experiencia, que es inmensa.

Si te lanzas al espacio, él te llevará a buen puerto seguro. Disfruta del camino y, por supuesto, mira antes de cruzar.