Como cada lunes empezamos la semana con fuerza y como siempre desde 2015 lo hacemos con la solución de nuestro ¡Ponte a prueba!, el acertijo amable con el que apoyamos el tremendo esfuerzo de las valientes y esforzadas personas que preparan la prueba de comentario de texto de las oposiciones de Lengua Castellana y Literatura, que suele ser decisiva en el proceso.
Como está ocurriendo en las últimas entregas, ya anunciábamos que esta obra había aparecido en las últimas oposiciones y así había sido, en las de Murcia 2025. Como siempre decimos, el hecho de que aparezca en una ocasión quiere decir que es más fácil que aparezca en el futuro de nuevo antes que otra que no ha aparecido nunca. El texto además demuestra que es muy importante conocer o recordar los nombres de los protagonistas de obras fundamentales como esta, pues gracias a ello podemos reconocerlas y eso facilita, obviamente, su comentario.
Y, como siempre, nuestros seguidores han dado nuevamente con la solución del reto en nuestra página de Facebook. Y así, nuestra seguidora destacada Eva López Santuy acierta con la autoría y nuestras nuestras seguidoras destacadas Lidia Parra González, Mari Ángeles Bermejo y Cris Alrío precisan acertadamente la obra. Y nuestra amiga María Pilar Carbonero Muñoz señala además acertadamente la época y la corriente literaria en la que se puede incluir la novela. ¡Enhorabuena a todas ellas y ojalá que el día D tengan la misma suerte!
Y es que, efectivamente, se trataba de un fragmento del capítulo 1 de Las ratas (1962) de Miguel Delibes (1920-2010), obra que podemos encuadrar más en la novela social que en la narrativa de posguerra, pues su autor, aunque se inició en esa primera época, siguió publicando hasta el final de siglo y evolucionando en su trayectoria como tantos otros autores de larga obra.
Y nada más por hoy. Feliz semana de estudio. Saludos y ánimo.
El niño y la perra franquearon el rústico puentecillo de tablas y entraron en la era. Junto al Pajero se alzaba el palomar del Justito, y el niño, al cruzar frente a él, palmeó fuerte dos veces y el bando de palomas se arrancó alborotadamente con un ruido frenético de ropa sacudida. La perra ladró inútil, jubilosamente, mas la irrupción del Moro, el perro del Rabino Grande, el pastor, la distrajo de inmediato. El bando de palomas describió un amplio semicírculo por detrás del campanario y tornó al palomar.
El Pruden asomó por la trasera abotonándose los pantalones.
—Toma —dijo el Nini alargándole el pájaro.
El Pruden sonrió evasivamente.
—¿Así que le atrapaste? —dijo. Tomó el grajo de la punta de un ala, como con recelo, y agregó—: Anda, pasa.
Contra la tapia del corral se apoyaban el arado herrumbroso y los aperos, y el tosco carromato, y sobre la cuadra se abría la gatera del pajar. El Pruden entró en la cuadra y la mula negra pateó el suelo, con impaciencia. Depositó el pájaro en el suelo, y mientras eliminaba los pajotes de los pesebres le dijo al Nini, sin volverse:
—Vaya un pico. Así es que donde caen estos tunantes hacen más daño que un nublado. ¡La madre que los echó!
Una vez limpios los pesebres, se encaramó ágilmente en el pajar y arrojó al suelo con la horca unas brazadas de paja. Después se descolgó, tomó la criba y cernió el tamo en rápidos movimientos de vaivén. Seguidamente repartió la paja entre los dos pesebres y la cubrió, luego, con un serillo de cebada. El niño le miraba hacer atentamente y cuando acabó de repartir el grano le dijo:
—Cuélgalo patas arriba; si no, en lugar de ahuyentarlos hará de cimbel.
El Pruden se sacudió una mano con otra y agarró de nuevo el pájaro por la punta de un ala y penetró en la casa por la puerta de la cocina. El niño y la perra entraron tras él. La Sabina se revolvió furiosa al ver el cuervo.
—¿Dónde vas con esa basura? —dijo.
El Pruden no alteró su voz templada y paciente.
—Tú calla la boca —dijo.
Y depositó el pájaro sobre la mesa. Después se arrimó al hogar y dio la vuelta a las mondas de patata que cocían a fuego lento. Al cabo las apartó, se sentó con el balde entre las piernas y espolvoreó el salvado de hoja sobre las mondas y comenzó a envolverlo pacientemente.
El niño agarró la puerta para marcharse y el Pruden, entonces, se incorporó y dijo:
—Aguarda.
Le siguió por el pasillo de rojas baldosas hurgándose en los bolsillos del pantalón y una vez en la calle le alargó una moneda de peseta. El Nini le miraba fijamente, con precoz gravedad, y el Pruden se desconcertó, levantó los ojos al cielo, un cielo blanquecino, tímidamente azul, y dijo:
—No lloverá más, ¿verdad, rapaz?
—Ha arrasado. El tiempo se pone de helada —respondió el niño.
Al regresar a la cocina, el Pruden analizó el grajo con concentrada atención y después continuó envolviendo en silencio el pienso de las gallinas. Al cabo de un rato levantó la cabeza y dijo:
—Digo que el Nini ese todo lo sabe. Parece Dios.
La Sabina no respondió. En los momentos de buen humor solía decir que viendo al Nini charlar con los hombres del pueblo la recordaba a Jesús entre los doctores, pero si andaba de mal temple, callaba, y callar, en ella, era una forma de acusación.





