Quedan sesenta y seis semanas para las oposiciones de 2027 y catorce para el 22 de junio de 2026. Hoy es 16 de marzo de 2026, lunes, y eso quiere decir que, siguiendo nuestra costumbre, publicamos la solución de nuestro ¡Ponte a prueba!, el simpático acertijo que ayuda a las esforzadas y valientes personas que preparan la prueba del comentario de texto, la más temida de las oposiciones de Lengua Castellana y Literatura.
El viernes ya indicábamos que esta obra había aparecido en las oposiciones en sucesivas ocasiones. De hecho, yo obtuve la plaza en Córdoba en 1998, precisamente, haciendo un comentario lingüístico sobre ella. Nos pusieron un texto fácilmente reconocible, pues era su final, en el que incluso se menciona el título de la obra. Y en esta última convocatoria de 2025 también ha aparecido, por lo que puede volver a hacerlo.
Y hay que felicitarse, porque en los comentarios de este fin de semana en la página de Facebook de opolengua.com no solo se ha indicado la obra y el autor, sino que en muchos de ellos se han aportado interesantes puntos de vista muy bien razonados que contribuyen a un mejor conocimiento sobre una obra tan importante. Y así, Mamen Moreno acierta obra y autor. Y damos de nuevo la bienvenida a nuestro amigo Francisco Aurelio Dávila Rosso en su reaparición en nuestro reto y a nuestra nueva seguidora Magda Lena con sus interesantes aportaciones. También dan en el clavo nuestras seguidoras destacadas Laura Alacid Aranda, Eva López Santuy y Cris Alrío aciertan plenamente al indicar la autoría y la obra. Y lo mismo ocurre con nuestras amigas Sara LF, María Pilar Carbonero Muñoz y Salud Serrano Heredia. Así es que ¡enhorabuena a todos ellos y ojalá que el día D tengan el mismo acierto!
Y es que, efectivamente, se trataba del famoso episodio en el que Remedios la bella asciende al cielo de la celebérrima novela Cien años de soledad (1967) del premio Nobel en 1982, Gabriel García Márquez (1927-2014).
Y nada más por hoy. Feliz semana de estudio.
Saludos y ánimo.
Cuando vio a Remedios, la bella, vestida de reina en el carnaval sangriento, pensó que era una criatura extraordinaria. Pero cuando la vio comiendo con las manos, incapaz de dar una respuesta que no fuera un prodigio de simplicidad, lo único que lamentó fue que los bobos de familia tuvieran una vida tan larga. A pesar de que el coronel Aureliano Buendía seguía creyendo y repitiendo que Remedios, la bella, era en realidad el ser más lúcido que había conocido jamás, y que lo demostraba a cada momento con su asombrosa habilidad para burlarse de todos, la abandonaron a la buena de Dios. Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas habían empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa.
—¿Te sientes mal? —le preguntó.
Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.
—Al contrario —dijo—, nunca me he sentido mejor.
Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerinas y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.





