Como cada lunes, comenzamos la semana con fuerza, con un plan de trabajo perfilado y con la ilusión de llevarlo a cabo al cien por cien. Luego, la propia realidad nos requerirá ajustes y tendremos que variarlo un poco, pero el espíritu positivo es el que siempre nos anima. Y como todos los lunes, nuestra semana comienza con la solución de nuestro ¡Ponte a prueba!, ese amable reto que pretende, docere et delectare, servir como piedra de toque a las esforzadas y admirables personas que preparan las oposiciones de Lengua Castellana y Literatura en su prueba más difícil, la del comentario de texto.
El viernes pasado indicábamos que la obra elegida era ya una conocida de las oposiciones y también de nuestro concurso. Una cosa va unida a la otra: como en varias convocatorias ha aparecido, nosotros también la hemos incluido en varias ocasiones, pues creemos que debe ser bien conocida de los opositores, pues la que ya ha caído varias veces, lógicamente, puede volver a hacerlo.
Y, como siempre, nuestras seguidoras han dado con la clave del reto. Y así, tanto nuestras amigas Sara LF y María Pilar Carbonero Muñoz como nuestras seguidoras destacadas Eva López Santuy, Mari Ángeles Bermejo y Cris Alrío precisan acertadamente el género, la época, el movimiento y la autora. Y nuestra amiga Salud Serrano Heredia y nuestra seguidora destacada Lidia Parra González hacen pleno pues indican acertadamente el nombre del relato. ¡Enhorabuena a todas ellas y ojalá que el día D tengan la misma suerte!

Y es que, efectivamente, se trataba del cuento “El niño que no sabía jugar” del libro de relatos Los niños tontos (1956) de Ana María Matute (1925-2014), un libro de relatos que muestra rasgos de la generación del medio siglo, pero muestra otros que son propios de su autora, como su tendencia al lirismo y al simbolismo.
Y nada más por hoy. Feliz semana de estudio. Saludos y ánimo.
Había un niño que no sabía jugar. La madre le miraba desde la ventana ir y venir por los caminitos de tierra, con las manitos quietas, como caídas a los lados del cuerpo. Al niño, los juguetes de colores chillones, la pelota, tan redonda, y los camiones, con sus ruedecillas, no le gustaban. Los miraba, los tocaba, y luego se iba al jardín, a la tierra sin techo, con sus manitas, pálidas y no muy limpias, pendientes junto al cuerpo como dos extrañas campanillas mudas. La madre miraba inquieta al niño, que iba y venía con una sombra entre los ojos. “Si al niño le gustara jugar yo no tendría frío mirándole ir y venir”. Pero el padre decía, con alegría: “No sabe jugar, no es un niño corriente. Es un niño que piensa”.
Un día la madre se abrigó y siguió al niño, bajo la lluvia, escondiéndose entre los árboles. Cuando el niño llegó al borde del estanque, se agachó, buscó grillitos, gusanos, crías de rana y lombrices. Iba metiéndolos en una caja. Luego, se sentó en el suelo, y uno a uno los sacaba. Con sus uñitas sucias, casi negras, hacía un leve ruidito, ¡crac!, y les segaba la cabeza.
FIN




