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El fracaso de España en PISA y las oposiciones de Lengua

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Este va a ser un artículo breve, compuesto por reflexiones que podrían, con toda seguridad, ser razonadas de manera mucho más profunda y extensa. Pero lo fundamental en este blog son las oposiciones de Lengua y este asunto solo las toca tangencialmente. Si me he decidido a escribirlo es porque algunos opositores me han preguntado cuál era mi opinión al respecto. Por todas estas razones, la entrada tendrá forma de articulado.

Hablo cada año con muchísimos profesores de Lengua de toda España: interinos y funcionarios, jóvenes y veteranos. Muchos de ellos se van a ver reflejados en lo que escribo a continuación.

Lo primero es constatar un dato: los resultados de PISA 2025 en España son los peores de nuestra historia. Las explicaciones que están apareciendo estos días en los medios difundidas por el Gobierno y los pedagogos ponen el foco en las pantallas y en los cambios tecnológicos. Lo más gracioso del caso es que fueron ellos los que presionaron desde el Gobierno de Zapatero ese mismo uso (regalando incluso ordenadores portátiles a todos los alumnos). Ante esto, conviene señalar varias cosas.

1. Es cierto que las pantallas perjudican la atención, la concentración y determinados hábitos de lectura y estudio. Pero no podemos olvidar que la pandemia de 2020 redujo extraordinariamente la exigencia académica y se recibieron órdenes (yo mismo lo viví) de dar un aprobado general a todos los alumnos. Mi impresión, compartida por muchos profesores con los que hablo, es que el sistema nunca recuperó completamente los niveles de exigencia anteriores, que ya eran muy laxos.

2. En España desde 1990, contrariamente a lo que se dice, solo ha habido una ley de educación, la LOGSE (es decir, la ESO), que acabó con el BUP y el COU y los sustituyó por una enseñanza secundaria obligatoria comprensiva hasta los dieciséis años. Lo demás han sido refritos de la misma.

3. Solo quienes dieron clase o estudiaron en BUP y COU pueden comparar ambos modelos y saben lo que era un instituto antes de 1994. El resto de la población se ha encontrado con un centro que es un lugar de reunión, diversión y socialización, pero no un centro de estudio propiamente dicho.

3. El sistema ESO (su nombre ya lo dice todo), con su colección de pedagogos y políticos, tampoco ha conseguido garantizar lo fundamental: que profesores y alumnos puedan enseñar y aprender en un ambiente de disciplina y tranquilidad. Las agresiones, amenazas, acoso y problemas graves de convivencia (a veces, con resultado de muerte) existen. Desde que se instauró la ESO, la inmensa mayoría de los profesores no puede dar su clase en los institutos con tranquilidad y sin interrupciones.

4. La causa fundamental de los pésimos resultados españoles es un sistema educativo que no evalúa realmente contenidos ni procedimientos. El sistema persigue convencer a los alumnos, bien sea de las ideologías identitarias de cada comunidad autónoma o de la Agenda 2030, pero no se exige enseñarles a leer y a escribir con corrección y los resultados están ahí para que todos los veamos. Lo demás son excusas.

En Lengua esto resulta especialmente grave. Leer obras completas, escribir correctamente, dominar la ortografía, conocer la gramática, analizar la lengua y poseer conocimientos de historia de la literatura deberían constituir el núcleo indiscutible de nuestra asignatura. Sin embargo, el desconocimiento de una parte de esos contenidos no tiene por sí mismo consecuencias decisivas en la calificación. Se puede aprobar Lengua sin dominar estos aspectos centrales de nuestra área.

5. De hecho, es conocido por todos los usuarios del sistema que es casi imposible suspender un curso de la secundaria e incluso del bachillerato o la selectividad, que tiene tasas de aprobados cercanas al 100 %. Para comprender la magnitud del cambio conviene comparar estos datos con los del antiguo BUP y COU.

En 1990-91 solo promocionaba el 75,7 % de los alumnos de 1.º de BUP, el 77,1 % de los de 2.º y el 77,3 % de los de 3.º. Y el filtro se hacía todavía mucho más exigente en COU: en los primeros años noventa solo aprobaban aproximadamente dos de cada tres alumnos matriculados. En 1989-90 aprobó COU el 69,1 %; en 1990-91, el 67,3 %; en 1991-92, el 64,6 %; y en 1992-93, el 64,9 %.

Es decir, aproximadamente uno de cada tres alumnos matriculados en COU no superaba el curso aquel año.

Después quedaba todavía la Selectividad.

Hoy sucede prácticamente lo contrario. En 2023-2024 promocionó entre el 88,5 % y el 91,9 % de los alumnos de ESO, dependiendo del curso, y en Bachillerato las tasas se sitúan también alrededor del 90 %. Además, entre 2018-2019 y 2023-2024 aumentó el porcentaje de aprobados en todos los cursos de ESO y Bachillerato, y el mayor incremento se produjo precisamente en 2.º de Bachillerato: 6,5 puntos porcentuales en apenas cinco años.

Y quienes llegan finalmente a la PAU casi nunca suspenden: en la convocatoria ordinaria de 2024 aprobó la fase general el 97,2 % de los alumnos procedentes de Bachillerato.

La paradoja resulta difícil de ignorar: mientras las pruebas externas registran un fuerte deterioro del rendimiento de los alumnos españoles, dentro del sistema educativo cada vez aprueban más alumnos y cada vez resulta más excepcional suspender.

Los docentes, para evitar papeleos burocráticos, problemas con la inspección, con los padres y con los alumnos se esfuerzan en hacer malabarismos para aprobar a todos vía trabajitos o chorradas de los más variados estilos.

El resultado perverso es evidente: si el alumno descubre que puede aprobar sin dominar realmente la materia, disminuye el incentivo para realizar el esfuerzo necesario para dominarla. Seguirán esforzándose quienes posean una fuerte motivación personal o quienes tengan detrás una familia exigente; muchos otros harán exactamente lo necesario para obtener el título.

Un sistema que concede títulos sin garantizar el dominio de las materias no favorece a los alumnos: los engaña.

6. El problema se transmite necesariamente hacia arriba. Una primaria poco exigente entrega sus carencias a la secundaria; una secundaria poco exigente las entrega al bachillerato; y un bachillerato que no garantiza determinados conocimientos entrega el problema a la universidad.

Basta comparar exámenes antiguos y actuales de Selectividad para comprobar cuánto han cambiado tanto los conocimientos exigidos como la estructura de las pruebas.

7. Ninguna reforma educativa será eficaz mientras aprobar y titular no vuelvan a acreditar el dominio efectivo de unos conocimientos y procedimientos mínimos.

La propia legislación vigente resulta muy reveladora. En la ESO, la repetición está definida legalmente como «una medida de carácter excepcional» y el alumno promociona automáticamente cuando tiene evaluación negativa en una o dos materias. En Bachillerato se puede pasar de primero a segundo con dos materias suspensas y, excepcionalmente, incluso puede obtenerse el título de Bachiller con una materia no superada, si se cumplen las condiciones establecidas por la normativa.

Esto significa inevitablemente aceptar algo que hoy parece haberse convertido en un tabú: si un alumno no alcanza esos conocimientos, debe suspender. Y si muchos alumnos no los alcanzan, deben suspender muchos alumnos. El suspenso no es el objetivo del sistema educativo; pero un sistema incapaz de suspender deja de distinguir entre quien sabe y quien no sabe.

8. La responsabilidad política de esta evolución es clara. El PSOE y los principales sindicatos tienen esa responsabilidad histórica, porque fueron quienes impulsaron o respaldaron el cambio de modelo iniciado con la LOGSE y se han opuesto con frecuencia a políticas educativas basadas en una mayor selección, evaluación externa y exigencia académica, tanto del alumnado como del profesorado.

Durante décadas han explicado el fracaso educativo recurriendo al presupuesto, las ratios y, ahora, a las pantallas. Todos estos factores pueden tener importancia, pero ninguno sustituye a lo esencial: estudiar, enseñar, exigir y evaluar. Todo ha ido empeorando año a año y siempre han anunciado medidas que han supuesto un empeoramiento posterior, porque todas han consistido siempre en bajar las ratios, aumentar los presupuestos y, lo más importante, rebajar la exigencia del sistema. Ante este fracaso, siguen insistiendo en la misma receta que ha fracasado desde que se instauró la ESO. Y no aprenden porque su marco ideológico está por encima de la realidad.

Las reformas necesarias son otras: reducir radicalmente la burocracia docente; devolver al profesor autoridad académica; apartar de las aulas ordinarias a quienes impiden reiteradamente estudiar a los demás; hacer que promoción y titulación dependan del dominio efectivo de las materias; y establecer reválidas nacionales externas, de modo que alumnos del mismo nivel académico sean evaluados mediante pruebas comunes con independencia del centro o de la comunidad autónoma en que estudien.

9. Y aquí llegamos finalmente a las oposiciones de Lengua. El borrador del nuevo sistema de acceso que prepara el Gobierno para las oposiciones de 2028-2029 quiere trasladar a la selección del profesorado los principios que han contribuido a deteriorar la enseñanza secundaria: pérdida de peso del conocimiento disciplinar, hipertrofia pedagógica y disminución de la importancia de demostrar que se domina realmente la materia que se va a enseñar.

Sobre ese borrador hablaremos el martes próximo.

10. La situación no es irreversible. Pero para cambiarla es necesario abandonar los eufemismos. Los políticos deben modificar la legislación; los equipos directivos deben respaldar al profesor; las familias deben exigir a sus hijos; los alumnos deben estudiar; y los profesores debemos enseñar nuestra materia y evaluar con rigor lo que nuestros alumnos saben. Y los opositores tienen que aportar sentido común a sus programaciones previniendo sobre el uso de las pantallas, dando la importancia que se merece a la lectura y a los conocimientos y estableciendo en ellas mecanismos de evaluación real (siempre dentro del marco legislativo, por supuesto) y saber que su futuro no solo es sacar la plaza, sino levantar un sistema educativo que se hunde si nadie lo remedia.