Pasó el puente de mayo. Quedan cincuenta y nueve semanas para las oposiciones de 2027 y tan solo siete para el 22 de junio de 2026. Y al ser lunes, es el día en que publicamos la solución del ¡Ponte a prueba!, el amable reto con el que intentamos ayudar desde 2015 a las nobles y esforzadas personas que preparan la temida prueba del comentario de texto de las oposiciones de Lengua Castellana y Literatura.
Ya dijimos el viernes que el texto elegido había aparecido en las últimas oposiciones de Lengua y así fue en la comunidad de Castilla-La Mancha.
Y, como siempre, los comentarios escritos este fin de semana en la página de Facebook de opolengua.com han señalado con acierto la obra y su autoría. Y así nuestra amiga Cris Alrío señala con cierto el autor y nuestras amigas Magda Lena, Laura Alacid Aranda y nuestra seguidora destacada Eva López Santuy han hecho pleno al señalar también acertadamente la obra. Así que ¡enhorabuena a todas ellas y ojalá que el día D tengan el mismo acierto!
Y es que, efectivamente, se trataba de los párrafos finales de Travesuras de la niña mala (2006) del último premio Nobel en literatura en lengua española (2010), Mario Vargas Llosa (1936-2025).
Y nada más por hoy. Feliz semana de estudio.
Me contó todo esto en una larguísima conversación que duró toda la tarde y buena parte de la noche, echados en la cama, ella apretada contra mí. Se había vuelto a vestir. A ratos se callaba para que yo pudiera besarla y decirle que la quería. Me contó esa historia —¿Cierta? ¿Muy adornada? ¿Totalmente falsa?— sin dramatismo, con aparente objetividad, sin autocompasión, pero, eso sí, con alivio, contenta, como si luego de contármela pudiera morirse en paz.
Duró 37 días más, en los que se portó, tal como me había jurado que lo haría en el Café Barbieri, como una esposa modelo. Por lo menos, cuando los terribles dolores no la tenían acostada y sedada con morfina. Me trasladé a vivir con ella un Aparthotel de Los Jerónimos, donde estaba alojada, llevándome una sola maleta con cuatro cosas que ponerme y algunos libros, y dejé a Marcella una carta muy hipócrita y digna, diciéndole que había decidido partir, devolviéndole la libertad, porque no quería ser un obstáculo para una felicidad que, lo comprendía muy bien, no podía darle yo, dada la diferencia de edad y de vocaciones, sino un joven de su edad y de disposición afín como Víctor Almeda. A los tres días partimos la niña mala y yo, en tren, a su casita, de las afueras de Sète, en lo alto de una colina, desde la que se veía el hermoso mar, cantado por Valéry en El cementerio marino. Era una casita pequeña, austera, bonita, bien arreglada, con un pequeño jardín. Durante dos semanas, ella estuvo tan bien, tan contenta, que, contra toda razón, pensé que podía recuperarse. Una tarde, sentados en el jardín, a la hora del crepúsculo, me dijo que, si algún día se me ocurría escribir nuestra historia de amor, que no le hiciera quedar muy mal, porque, entonces, su fantasma vendría a jalarme los pies todas las noches.
—Y por qué se te ha ocurrido eso?
—Porque siempre has querido ser un escritor y no te atrevías. Ahora que te vas a quedar solito, puedes aprovechar, así no me extrañarás tanto. Por lo menos, confiesa que te da el tema para una novela. ¿No, niño bueno?





