Ponte a prueba! 25/2019 Oposiciones de Lengua castellana y literatura

“¡Ponte a prueba!” vuelve como cada viernes para dar una oportunidad a las personas que preparan las oposiciones de Lengua castellana y literatura de comprobar su competencia literaria ante la prueba de comentario de texto.

El texto que proponemos hoy es una historia realmente impactante, de esas de las que se recuerdan toda la vida. Una trama imposible hoy día debido a los adelantos científicos, pero perfectamente plausible en el momento en que el autor la ambienta. Una poderosa historia en la que la venganza y la justicia se entremezclan con el sentido del deber. En fin, un texto que a mí me impactó profundamente cuando lo leí y que supongo que quienes lo hayan leído reconocerán.

Como siempre, sabéis que se puede participar en el acertijo poniendo la solución como comentario en la página de Facebook de Opolengua hasta el domingo por la noche. Las soluciones se darán el lunes por la tarde.

Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando este, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado (“He vengado a mi padre y no me podrán castigar…”), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.

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