¡Ponte a prueba! 30/2019 Oposiciones de Lengua castellana y literatura

Como cada viernes, volvemos con una nueva entrega de nuestro acertijo “¡Ponte a prueba!”, con el que pretendemos ayudar a las personas que preparan la oposición de Lengua castellana y literatura para que comprueben su competencia literaria y su capacidad de reconocer obras de cara a la temida prueba de comentario de texto.

Se trata, como siempre, de reconocer el fragmento planteado, señalando antes que nada su género, época y movimiento literario. Y si es posible, señalar la obra y el autor. Un acierto completo sería situar el fragmento dentro de la obra. Las respuestas han de darse hasta la noche del domingo en la página de Facebook de Opolengua y el lunes por la tarde daremos el resultado indicando a las personas acertantes.

El texto de hoy me resulta grato porque lo leí en la universidad, ya que Julio Rodríguez Puértolas lo incluía como lectura obligatoria en su asignatura. Fue una lectura grata y, a través de ella, pudimos extraer grandes enseñanzas acerca de la época, el movimiento y el autor de esta obra. Y nada más por hoy. Aquí está el texto a reconocer.

Y a medida que el tiempo pasa se van olvidando todos de mí, que es un gusto. Lo más particular es que de cuanto escribí y enseñé apenas quedan huellas, y es cosa de graciosísimo efecto en estas regiones el ver que mientras un devoto amigo o ferviente discípulo nos llama en plena sesión de cualquier academia el inolvidable Manso, si se va a indagar dónde está la memoria de nuestro saber, no se encuentra rastro ni sombra de ella. El olvido es completo y real, aunque el uso inconsiderado de las frases de molde dé ocasión a creer lo contrario. Diferentes veces he descendido a los cerebros (pues nos está concedida la preciosa facultad de visitar el pensamiento de los que viven), y mtiéndome en las entendederas de muchos que fueron alumnos míos, he buscado en ellos mis ideas. Poco, y no de lo mejor, ha sido lo descubierto en estas inspecciones encefálicas, y para llegar a encontrar eso poco y malo, ha sido preciso levantar, con ayuda de otros espíritus entrometidos, los nuevos depósitos de ideas más originales, más recientes, traídas un día y otro por la lectura, el estudio o la experiencia.
De conocimientos experimentales he hallado grandísima copia en Manuel Peña. Lo que yo le enseñé apenas se distingue bajo el espeso fárrago de adquisiciones tan luminosas como prácticas, obtenidas en el Congreso y en los combates de la vida política, que es la vida de la acción pura y de la gimnástica volitiva. Manuel hace prodigios en el arte que podríamos llamar de mecánica civil, pues no hay otro que le aventaje en conocer y manejar fuerzas, en buscar hábiles resultados, en vencer pesos, en combinar materiales, en dar saltos arriesgados y estupendos.

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