Ponte a prueba! 34/2019 (Solución) Oposiciones de Lengua castellana y literatura

Como cada lunes, volvemos con la solución a nuestro acertijo de fín de semana “¡Ponte a prueba!”, con el que intentamos ayudar a las personas que opositan a Lengua castellana y literatura a que comprueben su competencia literaria reconociendo un texto que pudiera aparecerles el día D, en la prueba del comentario.

El texto de hoy, tal y como dijimos, era relativamente sencillo, pues se trataba de una obra muy conocida al tratarse de una lectura obligatoria en muchas comunidades autónomas en la prueba de Selectividad, incluso desde los tiempos en que todavía existía el llamado “territorio MEC”, antes de la cesión de competencias educativas a las comunidades autónomas. Yo mismo, de hecho, leí esta obra cuando cursé COU en 1984.

Efectivamente se trataba de El árbol de la ciencia (1911) de Pío Baroja (1872-1956). Más en concreto, era el pasaje de la Tercera parte, cuando Andrés lleva a su hermano enfermo a Valencia con la intención de que el clima soleado le ayude a vencer su enfermedad. Justo de esta conexión con la Comunidad Valenciana proviene la idea de que en el examen del día 22 este texto pueda aparecer.

Esta semana hemos tenido una sola acertante: Paula Amérigo Pire, que ha hecho pleno al señalar la obra y situar el pasaje, por lo que deseamos que tenga la misma fortuna en el día D y pueda realizar un brillante comentario y destacar en su tribunal acercándose así a su plaza como funcionaria.
Y nada más por hoy. El miércoles volveremos con una nueva entrada de análisis en el blog. Feliz semana de estudio. Saludos y ánimo.

Luisito tenía un gato viejo que le seguía, y que decía que era un brujo. El chico caricaturizaba a la gente que iba a la casa. Una vieja de Borbotó, un pueblo de al lado, era de las que mejor imitaba. Esta vieja vendía huevos y verduras, y decía: “¡Ous! ¡Figues!” Otro hombre reluciente y gordo, con un pañuelo en la cabeza, que a cada momento decía: ¿Sap?, era también de los modelos de Luisito. Entre los chicos de la calle había algunos que le preocupaban mucho. Uno de ellos era el Roch, el hijo del saludador, que vivía en un barrio de cuevas próximo. El Roch era un chiquillo audaz, pequeño, rubio desmedrado, sin dientes, con los ojos legañosos. Contaba cómo su padre hacía sus misteriosas curas, lo mismo en las personas que en los caballos, y hablaba de cómo había averiguado su poder curativo. El Roch sabía muchos procedimientos y brujerías para curar las insolaciones y conjurar los males de ojo que había oído en su casa.
El Roch ayudaba a vivir a la familia, andaba siempre correteando con una cesta al brazo.
—¿Ves estos caracoles? —le decía a Luisito—. Pues con estos caracoles y un poco de arroz comeremos todos en casa.
—¿Dónde los has cogido? —le preguntaba Luisito.
—En un sitio que yo sé —contestaba el Roch, que no quería comunicar sus secretos.
También en las cuevas vivían otros dos merodeadores, de unos catorce a quince años, amigos de Luisito: el Choriset y el Chitano. El Choriset era un troglodita, con el espíritu de un hombre primitivo. Su cabeza, su tipo, su expresión eran de un bereber.

Andrés solía hacerle preguntas acerca de su vida y de sus ideas.
—Yo por un real mataría a un hombre —solía decir el Choriset, mostrando sus dientes blancos y brillantes.
—Pero te cogerían y te llevarían a presidio.
—¡Ca! Me metería en una cueva que hay cerca de la mía, y me estaría allá.
—¿Y comer? ¿Cómo ibas a comer?
—Saldría de noche a comprar pan.
—Pero con un real no te bastaría para muchos días.
—Mataría a otro hombre —replicaba el Choriset, riendo.
El Chitano no tenía más tendencia que el robo; siempre andaba merodeando por ver si podía llevarse algo.

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