¡Ponte a prueba! 9/2020 (Solución) Oposiciones de Lengua castellana y literatura

Como cada lunes, aquí estamos con la solución a nuestro acertijo de fin de semana, “¡Ponte a prueba!”, con el que pretendemos ayudar a las personas que preparan la prueba de comentario de las oposiciones de Lengua castellana y literatura.

En esta ocasión han sido muchas las personas acertantes. Se trataba de una obra muy importante en la historia de la literatura española del siglo XX, La familia de Pascual Duarte (1942) de Camilo José Cela (1916-2002), una novela que ha sido además lectura obligatoria para muchos preuniversitarios de las últimas generaciones, por lo que sigue siendo bien conocida por los miembros de los tribunales y, por esta misma razón, debe serlo igualmente por las personas que opositan.

Y estamos muy contentos porque han sido ocho las personas que han contestado positivamente a nuestro reto: Joaquín Cantero Carvajal, Josega Real, Sara Piélagos Martín, Mercedes Mateos, Angie de Pineda, Lourdes GPalma, Virginia Luna y Javier Ojeda. Especial mención hay que hacer a la aportación de Virginia Luna, que hace el pleno, porque no solo reconoce la obra, sino que es capaz de situar el pasaje funcionalmente dentro de la novela, por lo que demuestra su dominio de la misma. Muchas felicidades para todos y ¡ojalá que el día D corramos la misma suerte!

Y nada más por hoy. Os dejamos con el fragmento y os emplazamos al miércoles para ofreceros nuestra entrada habitual de opinión.

Saludos y ánimo.

El pez muere por la boca, dicen, y dicen también que quien mucho habla mucho yerra, y que en boca cerrada no entran moscas, y a fe que algo de cierto para mí tengo que debe de haber en todo ello, porque si Zacarías se hubiera estado callado como Dios manda y no se hubiese metido en camisa de once varas, entonces se hubiera ahorrado un disgustillo y ahora el servir para anunciar la lluvia a los vecinos con sus tres cicatrices. El vino no es buen consejero.
Zacarías, en medio de la juerga, y por hacerse el chistoso, nos contó no sé qué sucedido, o discurrido, de un palomo ladrón, que yo me atrevería a haber jurado en el momento –y a seguir jurando aún ahora mismo- que lo había dicho pensando en mí; nunca fui susceptible, bien es verdad, pero cosas tan directas hay –o tan directas uno se las cree- que no hay forma ni de no darse por aludido, ni de mantenerse uno en sus casillas y no saltar.
Yo le llamé la atención
-¡Pues no le veo la gracia, la verdad!
-Pues todos se la han visto, Pascual.
-Así será, no lo niego; pero lo que digo es que no me parece de bien nacidos el hacer reír a los más metiéndose con los menos.
-No te piques, Pascual; ya sabes, el que se pica…
-Y que tampoco me parece de hombres el salir con bromas a los insultos.
-No lo dirás por mí…
-No; lo digo por el gobernador.
-Poco hombre me pareces tú para lo mucho que amenazas.
-Y que cumplo.
-¿Qué cumples?
-¡Sí!
Yo me puse de pie.
-¿Quieres que salgamos al campo?
-No hace falta.
-¡Muy bravo te sientes!
Los amigos se echaron a un lado, que nunca fuera cosa de hombres meterse a evitar puñaladas.
Yo abrí la navaja con parsimonia; en esos momentos una precipitación, un fallo, puede sernos de unas consecuencias funestas. Se hubiera podido oír el vuelo de una mosca, tal era el silencio.
Me fui hacia él y, antes de darle tiempo a ponerse en facha, le arreé tres navajazos que lo dejé como temblando. Cuando se lo llevaban, camino de la botica de don Raimundo, le iba manando la sangre como de un manantial…

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