¡Ponte a prueba! 23/2020 (Solución) Oposiciones de Lengua castellana y literatura

Como cada lunes, volvemos hoy con la solución del “¡Ponte a prueba!”, nuestro pequeño concurso para ayudar a personas que preparan las oposiciones de Lengua Castellana y Literatura como apoyo cordial en la prueba de comentario, siempre tan temida.

Esta semana proponíamos un texto de un autor que ha aparecido con cierta frecuencia en las oposiciones. Y un autor que ya ha salido, como dice la probabilidad, tiene más posibilidades de aparecer que uno que no lo ha hecho. Además, este año se cumple el centenario de su nacimiento, por lo que no me parece imposible algún guiño a su obra en los tribunales. Efectivamente, el fragmento pertenecía a Las ratas (1962) de Miguel Delibes (1920-2010), en el que el autor castellano vuelve a centrarse en el ámbito rural, describiendo situaciones y tipos que lo convirtieron en un referente de la novela española del siglo XX.

Y como en otras ocasiones, las participantes de esta semana en el acertijo han dado prueba de su gran olfato literario señalando rasgos, autoría y hasta el título de manera acertada. Y así, Patricia Sepúlveda Aranda, Sara Piélagos Martín y Mercedes Mateos han apuntado acertadamente que se trataba del narrador vallisoletano y Ángela EM ha acertado el pleno, pues ha reconocido la obra a través de sus personajes. ¡Enhorabuena para todas ellas y ojalá que el día D tengan la misma suerte!

Y nada más por hoy, el miércoles volveremos con el análisis de otras convocatorias que han surgido estos días. Feliz semana de estudio. Saludos y ánimo.

Al ponerse el sol, una caricia tibia descendía de las colinas y las gentes del pueblo aprovechaban la pausa para congregarse a las puertas de las casas y charlar quedamente en pequeños grupos. De los campos ascendía el seco aroma del bálago envuelto en el fúnebre lenguaje de las aves nocturnas, mientras las polillas golpeaban rítmicamente las lámparas o revoloteaban incansables en torno a ellas en órbitas desiguales. Del Cerro Merino llegaban los silbidos de los alcaravanes y, a su conjuro, los cínifes se desprendían de la maleza del río y bordoneaban por todas partes con agresiva contumacia. Era el fin del ciclo y los hombres al encontrarse en las calles polvorientas se sonreían entre sí y sus sonrisas eran como una arruga más en sus rostros requemados por el sol y los vientos de la meseta.
No obstante, por San Miguel de los Santos, los cuetos amanecieron envueltos en una pegajosa neblina que fue acentuándose a medida que el día ensanchaba. Y el Pruden, al advertirlo, cruzó el puentecillo de troncos y ascendió penosamente la cárcava y, una vez en la meseta de tomillos, llamó al Nini a grandes voces:
– Nini, rapaz -dijo cuando éste apareció en la boca de la cueva, desperezándose-, esa calina no me gusta. ¿No amagará el nublado?
El Loy olisqueaba los talones del hombre y la Fa, alebrada junto al niño, se dejaba acariciar a contrapelo por su sucio pie desnudo. El Nini oteó el horizonte, los cerros ligeramente neblinosos y, finalmente, sus ojos se detuvieron en el azor, aleteando sobre el Pezón de Torrecillórigo.

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