¡Ponte a prueba! 1/2023 

¡Ponte a prueba! 1/2023 

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¡Ya estamos aquí! Esta semana ya hemos comenzado nuestros tres cursos de oposiciones de Lengua Castellana y Literatura. Seguimos esperando que algunas comunidades se decidan para junio de 2023 por la vía 2 (270/2022) de oposición débil o por la vía 3 de oposición normal (RD 276/2007), pero ya hemos lanzado el Curso Total y el Curso Opolengua 2 para la oposición de siempre (que habrá en Madrid y Andalucía) y el Curso Opolengua 2023 para las oposiciones de vía 2. Y como no podía ser de otra manera, también iniciamos nuestra nueva singladura con el ¡Ponte a prueba!, que entra ya en su séptima edición. Como sabes se trata de un acertijo ameno para ayudar a las valientes y esforzadas personas que preparan la siempre temida prueba del comentario de texto de las oposiciones de Lengua Castellana y Literatura.

Hoy en nuestro primer acertijo del curso planteamos un texto que consideramos interesante, pues textos similares ya han aparecido en alguna comunidad en la última convocatoria. Como sabes, el reto consiste en reconocer la autoría y la obra de la que procede el texto e incluso situar el fragmento. Pero no hay que desesperar si no la reconocemos, pues hay que recordar que se puede hacer un gran comentario de oposiciones razonando adecuadamente la adscripción del texto a un género, una época y un movimiento.

Como siempre, puedes participar escribiendo comentarios en la página de Facebook de opolengua.com (no en la mía personal) hasta el domingo por la noche. Nosotros daremos el lunes la solución del reto y la lista de acertantes.

Y nada más por hoy. Feliz fin de semana. Saludos y ánimo.

Tengo unas compuertas instaladas en las sienes. Cierran en vertical, como las del metro, y me clausuran la cara. Pueden representarse con las manos, haciendo el cucú de los bebés. ¿Dónde está mami, dónde está mami? ¡Aquíiiiiiii!, y en el aquí las manos se separan y el niño se carcajea. Las compuertas de mis sienes no están hechas de manos sino de un material liso, resistente y transparente rematado en una goma que asegura cierre y apertura amortiguados, y su hermetismo. Así son, en efecto, las compuertas del metro. Aunque se pueda ver perfectamente lo que pasa al otro lado, son lo suficientemente altas y resbaladizas como para que no puedas ni saltarlas ni agacharte para pasar por debajo. De igual modo, cuando mis compuertas se cierran, se me pone en la cara una dura máscara transparente que me permite ver y ser vista y parece que nada se interpone entre el exterior y yo, aunque en realidad la información ha dejado de fluir entre un lado y otro y solo se intercambian los estímulos elementales de la supervivencia. Para sobrepasar las compuertas del metro hay que encaramarse a la máquina que pica los billetes y que sirve a su vez de engranaje y de separación entre una pareja de compuertas y otra. O eso o pagar el billete, claro.
A veces no son una dura máscara transparente, mis compuertas, sino un escaparate a través del cual miro algo que no me puedo comprar o a través del cual yo soy mirada, deseada de comprar por otro. Hablo de estas mis compuertas y no lo hago en un sentido figurado. Estoy intentando a toda costa ser literal, explicar una mecánica. Cuando era pequeña no entendía las letras de las canciones porque estaban cuajadas de eufemismos, de metáforas, de elipsis, en fin, de asquerosa retórica, de asquerosos marcos de significado predeterminados en los que «mujer contra mujer» no quiere decir dos mujeres peleándose sino dos mujeres follando. Qué retorcido, qué subliminal y qué rancio. Si por lo menos dijera «mujer con mujer»… Pero no: tiene que notarse lo menos posible que ahí hay dos tías lamiéndose el coño.

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