¡Ponte a prueba! (17/2019) Oposiciones de Lengua castellana y literatura

Viernes: fin de semana. Y como siempre, nuestro acertijo que intenta ayudar a las personas a preparar las oposiciones de Lengua castellana y literatura. Proponemos un texto o fragmento que debe ser reconocido por los lectores exactamente o al menos ser situado de forma correcta dentro de la historia de la literatura, señalando su movimiento literario y su género. Esto es básico para realizar un ejercicio correcto en las oposiciones, por lo que nuestro concurso no es una tontería, sino algo muy útil.

El texto que traemos hoy es para mí uno de esos que no sé si va a ser acertado por alguna de las personas que están preparando su oposición, pero sí decimos, por su importancia, que debería ser acertado por todo el mundo y también afirmamos que quienes no lo conozcan, tienen que hacer un esfuerzo, si no para leerlo entero, al menos para familiarizarse con sus personajes y trama. 

Se trata por tanto de señalar el autor y la obra (y su situación funcional en la misma) así como el movimiento, la época y el género. 

Y nada mas por hoy. Como siempre, se pueden enviar las respuestas hasta el domingo por la noche en la página de Opolengua en Facebook.  Y el lunes por la tarde, como siempre, publicaremos la solución y los nombres de las personas que hayan acertado. 

––Sí, conozco esa cantata. 

––En efecto; un novelista, un dramaturgo, no pueden hacer en absoluto lo que se les antoje de un personaje que creen; un ente de ficción novelesca no puede hacer, en buena ley de arte, lo que ningún lector esperaría que hiciese… 

––Un ser novelesco tal vez…
––¿Entonces?
––Pero un ser nivolesco…
––Dejemos esas bufonadas que me ofenden y me hieren en lo más vivo. Yo, sea por mí mismo, según creo, sea porque usted me lo ha dado, según supone usted, tengo mi carácter, mi modo de ser, mi lógica interior, y esta lógica me pide que me suicide… 

––¡Eso te creerás tú, pero te equivocas! 

––A ver, ¿por qué me equivoco?, ¿en qué me equivoco? Muéstreme usted en qué está mi equivocación. Como la ciencia más difícil que hay es la de conocerse uno a sí mismo, fácil es que esté yo equivocado y que no sea el suicidio la solución más lógica de mis desventuras, pero demuéstremelo usted. Porque si es difícil, amigo don Miguel, ese conocimiento propio de sí mismo, hay otro conocimiento que me parece no menos difícil que el… 

––¿Cuál es? ––le pregunté.
Me miró con una enigmática y socarrona sonrisa y lentamente me dijo:
––Pues más difícil aún que el que uno se conozca a sí mismo es el que un novelista o un autor dramático conozca bien a los personajes que finge o cree fingir…
Empezaba yo a estar inquieto con estas salidas de Augusto, y a perder mi paciencia. 

––E insisto ––añadió–– en que aun concedido que usted me haya dado el ser y un ser ficticio, no puede usted, así como así y porque sí, porque le dé la real gana, como dice, impedirme que me suicide. 

––¡Bueno, basta!, ¡basta! ––exclamé dando un puñetazo en la camilla–– ¡cállate!, ¡no quiero oír más impertinencias…! ¡Y de una criatura mía! Y como ya me tienes harto y además no sé ya qué hacer de ti, decido ahora mismo no ya que no te suicides, sino matarte yo. ¡Vas a morir, pues, pero pronto! ¡Muy pronto! 

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